Tía Tortuga

 ¡Hola! Me llamo Sumi y les voy a contar la historia de mi tía Tortuga.

Un día mi tía vino de visita a casa, cuando tocó la puerta yo le abrí con gusto, pero noté algo raro en ella y le pregunté: 

¿Qué te pasa tía? ¿te encuentras bien?

Mi tía con un aire de completo desánimo, como si tuviera muy metido en lo hondo de su pecho el desencanto me respondió:

¡Ufff! ¡No lo sé!

Entonces la invité a sentarse en la sala, ella se acomodó en el sillón pero se veía más descontenta a cada instante. Pensé que sería mejor llevarla a descansar a la cama. 

Una enorme cama, muy especial por ser suave, grande y redonda. Me parecía la receta perfecta para su desánimo. Así que la tomé de la mano y la conduje hasta allí. Se recostó pero solo pudo permanecer en aquella agradable cama unos cuantos pestañeos. 

Porque cuando me disponía a dejarla descansar tranquila, mi tía se levantó casi de inmediato y dijo:

¡Estoy muy fastidiada, aburrida abrumada y no puedo descansar por más que lo intento!

Camino fuera de la cama y como si fuera una muñeca de tela, se dejó caer a media habitación.

Yo al verla así tirada con extremados esfuerzos la levante, lo divertido es que cada vez pesaba menos y efectivamente era como si fuera una muñeca ligera de tela. Tuve que intentar conducirla nuevamente a la cama redonda, pero ella se resistió.  

Mi tía mientras la convencía de regresar a la cama para que descansara, se quedo mirando fijamente hacia el buró donde estaba una linda cajita decorada con la estampa de una ventana. 

Alargo una de sus manos en dirección a la cajita y se metió por la ventana, como si fuera su cuerpo un dibujo de tallarines. Mientras se introducía pude ver como sus facciones y su cuerpo se fueron descomponiendo. 

Para mi sorpresa entró por completo ¡Eso era increíble! ¡mi tía se había vuelto a transformar! Primero se volvió ligera como una muñeca, después delgada como tallarines y casi por último se metió en aquella cajita que a su vez se convirtió en una ventana más grande , como un cuadro pintado. Pude verla a través de la ventana.

Yo le grite a la lejanía, para que volviera a estar en forma humana como cuando llego a casa y le dije: 

¡Tía! ¿qué haces? ¡Sal de ahí por favor! ¿Por qué ahora eres una tortuga acuática?   

Pero ella no me hizo caso, su voz contenta me anticipaba que ahora estaba de mejor humor y me respondió:

¡Ya no voy a salir! ¡Estoy muy contenta aquí! ¡Ahora soy una tortuga libre y feliz!

No insistí más, y desde aquel día conservo la cajita con la viva estampa de una feliz tortuga acuática. A veces la saludo y como luce muy contenta se que nunca más volverá a estar cansada. 

Así que si conoces algún adulto cansado y fastidiado de la vida, regálale una cajita con la estampa de una ventana, quizá pueda entrar, como mi tía, y darse cuenta que puede ser feliz sin demasiadas cosas. Quizá todos deberíamos disfrutar la vida tranquilamente como mi tía tortuga.


 Dedicado a Tía Gabriela

 

 

 

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