El Vaquero anciano (Parte 1)
Hay gente que cree que un vaquero es un tipo con botas puntiagudas de piel de serpiente, sombrero un poco redondo, camisa a cuadros o a veces de imágenes ya sea de caballos o toros y pantalones de mezclilla. Que va arriba de un caballo mostrando su masculinidad, mientras grita ¡Eeahh!
Típico personaje de telenovela estadounidense de ojos azules y piel bronceada. Con un montón de parcelas sembradas de maíz, listas para su industrialización, ya sea para comida procesada que produce cáncer, combustibles para maquinarias o alimento para animales hacinados.
Ese cuento norteamericano, australiano o algo parecido. Esto solo es buen material para las películas de entretenimiento de fin de semana. Las vidas e historias sobre lo humano, son más amplias como lo es este mundo y así es de diferente la historia del vaquero anciano.
Tenía tan solo tres vacas con bastón alto como árbol joven. Que usaba como su tercera extremidad por la edad. Llevaba ese tercer pie como su compañero de apoyo diario, no sorprende esto, porque es normal cuando el cuerpo se va desgastando y se dirige con velocidad, sin darnos cuenta hacia el camino de la decrepitud.
Esa señora que acompaña a la muerte, ambas curiosas damas que junto con la enfermedad, aquella matrona que camina entre los lamentos, lágrimas y olor a higiene. Las tres juntas, ayudan a que la humanidad y toda forma de vida comprenda que no tenemos cuerpos fijos sino temporales.
Así lentamente el vaquero anciano llevaba a pastar a sus tres vacas: una negra, una pinta y una hermosa de pelaje color ocre claro, que al brillar con la luz del sol, era más bien como el oro en bruto. Esta última sin que lo supiera el vaquero anciano, era de las más venerables.
Aquel abuelo vaquero con playera rota por los años de uso, con limpios pantalones pardos por el tiempo y zapatos desgastados. Salía con sus tres compañeras cuadrúpedas, a caminar todos los días para que ellas se alimentarán de los verdes campos de pasto. Que ese año se había colmado bondadosamente de lluvias, esa agradable abundancia para todos personificada en agua dulce, reflejada en los pastizales.
Para él y para sus vacas fue un año bueno, porque no sufrían de hambre por la sequía y agradecen estas bendiciones a diario. En la mente de aquel vaquero era una prosperidad un tanto limitada el tener vacas, por el motivo de dejarse guiar por la suerte del destino que era muy cambiante. Tierras de cultivo no tenía, más que una pequeña parcela que le proveía lo que surgiera de la tierra y el tiempo.
Así que su mayor sustento dependía de lo quisieran producir de leche aquellas tres vacas, que aunque no tenían terneros la daban a chorros. Que él vendía en el pueblo tres veces a la semana. Por eso tenía una fama muy peculiar de que esas vacas gozaban de algo especial. Ya fuera una bendición por parte del creador o por el diablo. Mentalidad típica en los pueblos donde el fanatismo religioso se confunde con la fe.
Porque se cree que los rezos, el sacrificio de mutilar la identidad, las ideas, las diferencias y la mentalidad mentecata, es la solución para todo. Junto con el constante sufrimiento y pobreza de los tres tipos: moral, espiritual y material. Pues bien en ese mundo vivía el vaquero anciano.
Siempre recibía su justa paga cada vez que vendía la leche que obtenía de sus tres vacas. Al saber que había gente en el pueblo que no veía con buenos ojos que su vacas sin hijos tuvieran cuantiosa leche. Decidió dejar de ir a la iglesia y prefirió guardar su fe a comprender la naturaleza de su entorno.
Así los días en que caminaba con sus vacas entre los distintos paisajes que rodeaban el pueblo. Se dedicaba a darse unos agradables descansos mientras miraba la amplitud de la naturaleza. A veces se quedaba por horas observando el paisaje, mientras reflexionaba un tanto de su vida.
Cuando estaba por llegar el final de la tarde regresaba a su casa donde, le esperaba una sencilla cena, a base de café negro endulzado con mucha canela y piloncillo junto con un pesado pan dulce que propiciaba que se durmiera en un solo pestañeo. Las vacas en su sencilla casa de techo de madera y trenzado de caña de maíz, era el lugar fresco perfecto de su descanso.
Con los días y el transcurrir del tiempo, el cansancio en el cuerpo del vaquero anciano aumentó. Y ahora lo que le inquietaba, era que pasaría con sus amadas vacas, si él se moría en algunos de esos días. Esto lo tenía con la mente llena de preocupaciones y suposiciones imaginarias.
Las vacas notaban que aquel vaquero veterano tenía una turbación angustiosa por el porvenir de ellas. Lo que el longevo vaquero no sabía es que aquellas vacas eran muy sagradas, porque tenían la capacidad de entender mejor que nadie, en aquel lugar lo que era la vida y la muerte.
Así que una noche cinco días antes de la muerte del vaquero por su vejez, decidieron aquellas agraciadas vacas hablarle y otorgarle un regalo especial al abuelo vaquero.
Esos cuatro seres salieron en la mañana como de costumbre de aquella casa sencilla con su parcela de diversas plantas de frutos de temporada. Se dirigieron al lugar donde había pastizales frescos producto de las lluvias del final de verano. Aquel lugar se encontraba absolutamente solo, el abuelo estando sentado mirando como de rutina el paisaje sintió que había algo distinto en el ambiente.
Al poner los ojos como siempre en el firmamento, comprendió que el día era diferente a los pasados. Porque en ese momento no veía a ningún pájaro volando como en otras ocasiones. Recorrió con la vista de un lugar a otro, pero a su alrededor no se escuchaba sonido alguno. Esto lo desconcertó por ser algo inusual.
En eso una de las vacas, la de pelaje negro se levanto en dos patas y comenzó a brillar a tal punto que hizo que el vaquero viejo tuviera que cerrar los ojos. El temor invadió los latidos del corazón del anciano y de ahí comenzó a palpitar aceleradamente, mientras cerraba fuertemente los ojos y respiraba exaltado por el miedo.
Al tener esa reacción una voz muy dulce femenina lo tranquilizó. Era la voz de aquella vaca negra que le hablaba y mientras volvía a estar en sus cuatro patas, sin dejar de brillar. Inmediatamente la vaca pinta comenzó también a brillar. Así ambas le hablaron al anciano. Pero este con su gran aprensión no abría los ojos. Hasta que la tercera, la dorada con voz muy dulce y agradable que le recordaba a su madre en su edad de niño pequeño, le hablo.
Con recelo el anciano lentamente abrió los ojos y vio como aquellas tres vacas brillaban con una hermosa luminiscencia. La vaca negra y la pinta estando en cuatro patas las observo y noto que la vaca dorada le estaba hablando y efectivamente tenía la voz como la de su madre.


Muy interesante!!
ResponderEliminarGracias🙏🏽
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