La niña robot que se convirtió en loba azul (parte 1)
En algún lugar de Europa se conocieron dos personas y se enamoraron alegremente, para después convertirse en los complementos de sus vidas tanto en los buenos como en los desagradables momentos. Ella era una mujer sueca alta, fuerte, rubia y de ojos azules muy claros. Él era un hombre suizo tranquilo, bajito, de cabello castaño claro y de ojos verdes marinos.
Los dos formaban una pareja que se completaba perfectamente tanto en el hacer como en el dejar ir. Ella gustaba de cuidar plantas, animales y hacer el bien al ayudar a quién se lo pidiera. Y él, era el personaje de un buen suizo, por ser un excelente relojero. Entre sus cualidades de él estaban el ser paciente, que gustaba de reparar cosas, sobre todo las más luminosas y de mecanismos complejos. Y ambos consideraban los detalles en todo momento, sobre todo él, al ver artefactos fuera de lo común.
Se unieron como pareja feliz y decidieron irse a vivir a las montañas, para tener ahí una familia, con una vida tranquila y agradable. Así pasaron los años y en la dama sueca crecía más y más el anhelo de tener un hijo. Pero con el pasar del tiempo no llegaba el esperado retoño.
Decidieron ir con expertos médicos tanto suizos como suecos, que les hicieron estudios, pruebas y más exámenes, para saber cuál era el problema. Llegando a la conclusión todos aquellos científicos, de que no podía la agradable pareja tener hijos.
La dama sueca cayó entre la tristeza y el desánimo, al saber las malas noticias. Nada la alegraba. Su cónyuge, el inteligente relojero al notar la actitud de ella, estaba muy preocupado por el asunto. Así que no paraba de pensar como resolver el problema que le acontece en ese momento de sus vidas, tanto con su amada, como con él mismo.
Le propuso que adoptaran un niño o niña huérfanos, pero la dama sueca no estaba muy convencida ante la idea. El buen relojero no insistió mucho sobre el tema, pero no dejó olvidada la preocupación que tenía. Así que debía hacer algo para que su esposa se sintiera mejor y de esta manera cambiara su semblante de fatalismo y abatimiento.
Un buen día mientras iba a entregar un par de relojes reparados y a revisar otros tantos. Cómo eran los enormes relojes de la ciudad, se le ocurrió una idea. Crear un hijo propio pero mecánico, como en el cuento de Pinocho.
Solo que en vez de ser de madera fuera un mecanismo muy bien elaborado y estructurado. Crear un robot como compañía para aquellos que no podían tener hijos, le parecía una idea estupenda ¡Pero esta vez sería una niña! Para que su esposa se sintiera identificada y pudiera ser su compañía en todo momento.
Pensando así el relojero suizo, despertó en su mente la ilusión de que tal vez convenciera a su esposa de adoptar una niña huérfana pequeñita, al convivir con esa niña robot.
O tal vez la niña robot al pedir un hermanito, pudiera convencer a su esposa de adoptar un bebe y así terminarían de completar su cuadro familiar planeado desde años atrás. La idea llenó de cierta satisfacción la imaginación del buen relojero, que sentía su problema ya resuelto.
En el momento en que se le ocurrió la idea, no se había percatado de que se encontraba en el reloj más alto de un gran edificio de la ciudad y por la emoción casi se cae. De regreso a casa, le explicó la idea a su esposa. Y está a su vez al ver el ánimo entusiasta de su esposo, aceptó la propuesta.
Estando los dos de acuerdo, él busco un par de objetos en desuso como tuercas, engranajes, relojes rotos, pedazos de latón, metal, aluminio entre otros objetos mecánicos que encontraba y tenía pensado usar. De los cuales obtendría lo suficiente, que le serviría para hacer la niña robot.
Así pasaron días enteros, el relojero encerrado en su taller no dejaba de trabajar, él no estaba para nadie solo se dedicó apasionadamente a darle forma y vida a su invento. Aquella hija que formó en su imaginación, la quería llevar a su realidad, por tal motivo solo salía del taller para comer y dormir.
Mientras tanto, su esposa que también tenía muchas habilidades en los detalles, se dedicó a confeccionar las ropas, la piel sintética, los ojos, las pestañas y más formas de aquella niña robot. Y como era diestra en los maquillajes de disfraces, sus ideas también fluían como la sangre en sus venas.
Busco y experimento en como ella quería que se viera su hija artificial. De hecho se la pasó largos días mirando y dibujando su rostro y el de su esposo. Observando fotos de cuando ella y él eran pequeños.
Cortó su hermoso cabello para confeccionar lo que sería la cabellera y pestañas de su hija. Así el ingenioso matrimonio pasó meses confeccionando y dando vida a las ideas de sus mentes hacia sus existencias, de lo que sería su hija robot.
Hasta que por fin, un buen día después de muchos meses de trabajo salió el relojero de su taller, muy alegre mostrándole a su esposa, la creación de una niña robot rústica. La inteligente mujer, miró a su hija artificial, se dio cuenta que tenía un movimiento gracioso y alegre, pero algo le faltaba.
Así que ella tomó a la niña robot y pasó ahora ella encerrada otro par de meses ajustando a su gusto ese robot. Aparte de lo que ya tenía adelantado de trabajo para acabar de darle forma y vida.
Cuando al fin quedó la niña robot, después de un año y meses. Ambas personas vieron el resultado de su arduo trabajo de meses. La pareja la miró gustosa ¡era una obra magnífica! De estatura agradable de formas bellas y armoniosas. De un mecanismo exacto, que confundía incluso a primera reacción.
Lo mejor de todo, era que su hija robot formó parte de una creación ingeniosa en pareja. Porque aquel matrimonio, como se complementa muy bien, ambos pudieron llevar sus empeños y sueños hacia ese objeto anhelado fuera de lo común.
Los dos se sintieron felices por haber llevado a su existencia algo como esa hija mecánica. Con sus capacidades tanto de quien había armado el mecanismo y la estructura. Como de quien había terminado de dar forma, perfección y belleza a dicho mecanismo
¡Les llenó de contento el concluir algo tan importante!


👌🥰muy bonito cuento!!
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