El limonero (Parte 1)
Estaba Isadora debajo de aquel tierno árbol de sombra refrescante, el limonero. Ella se encontraba leyendo una carta, que su novio le había escrito desde el otro lado del mundo. Él había tenido que partir en una diligencia en barco a las Filipinas. Donde se había conseguido por parte de la patria mexicana, un importante acontecimiento para las dos jóvenes naciones.
El motivo era un acuerdo comercial que favorecía a ambas tierras. El cual consistía en la exportación y cuidado de las flores de Cempasúchil. Que al ser una flor peculiarmente amarilla de más de una variante, como es el tono azafranado y el amarillo vibrante que recordaba a los rayos del sol. Esos colores eran más que reverenciados por el continente asiático.
Así que el exportarla, les daría mucha entrada económica para levantar a la nación empobrecida por los constantes enfrentamientos bélicos del pasado reciente. Que demostraba la valentía de está patria joven que es México.
La comunidad asiática estaba muy interesada por el cuidado de está sagrada flor. Por tal motivo el amante de Isadora fue contratado para la diligencia. Ya que al ser jardinero, era de los mejores en saber sobre la flor engalanada de abundantes pétalos solares.
El joven jardinero, llamó la atención desde el primer momento, al ser una persona muy dedicada al cuidado de las plantas y flores. Se puede afirmar que él era un devoto de las flores. Y como respuesta, ellas resplandecían y le devolvían el amor que les daba al cuidarlas.
Por esa devoción fue contratado para que explicara todo el proceso de cuidado de aquellas flores benditas. Producto de milenios de autosacrificios de las más misteriosas deidades, que con su misticismo bendijeron el territorio de la antigua civilización de México.
Isadora estaba muy ensimismada en su lectura cuando llegó de improviso a abrazarla como si fuera el propio limonero que la abrazaba, un peculiar amigo y pretendiente. El cual sabía que Isadora tenía la mente y el corazón en otro. Pero este amigo fiel no dejaba de perder la esperanza de tener a Isadora como su esposa.
De nombre Matías, era un joven moreno como el cacao dulcificado en leche con canela. De unos 18 años con el cabello largo y de mirada penetrante, con ojos como el ónix más reluciente, que se evidenciaban por su brillo difícil de explicar. Con una sonrisa que hacía honor a la belleza de las pinturas de antaño. Aquellas que llevaban plasmados los cielos cuando se observan con sus distintos matices de blanco.
De brazos gruesos y piernas largas, expresaba entusiasmo por la vida. Matías era muy amigo del amante de Isadora cuyo nombre era Anselmo.
Ese Matías estimaba de sobre manera al novio de Isadora. Fueron y son los amigos de siempre. Porque Anselmo era el hermano de aventuras de Matías. Hasta que el propio Anselmo subió al buque.
Habían ido juntos a responder a la entrevista y al examen para la oportunidad de viajar a las Filipinas, por recomendación de su jefe. Y de hecho la intención de irse del país por un tiempo fue en realidad de Matías, Anselmo solo fue por curiosidad.
Porque Matías y Anselmo al conocer juntos a Isadora les gusto desde que la vieron. Y así trataron de llamar su atención desde el principio, con sus propios encantos y virtudes.
Pero Matías comprendió que Anselmo había conquistado a esa muchacha llena de lindura: de ojos tiernos y sonrisa encantadora, de 16 años. Por lo tanto, para no convertir sus sentimientos de fraternidad hacía Anselmo por enemistad y de enemigos, decidió marcharse.
Matías desea irse al lugar más lejano del mundo. Pero el destino ya tenía escrita la historia de la vida de cada uno y a quien eligieron fue a Anselmo.
A Matías no le quedaba más que despedir a su amigo, la partida fue inevitable. Ese día Anselmo se veía tan diferente con ropa formal y limpia. Con un equipaje minúsculo y dejando caer unas lágrimas de su rostro juvenil casi infantil.
Anselmo a diferencia de Matías era de piel lechosa con un bronceado parejo de tornados músculos y estatura tan alta como la de su amigo. De sonrisa juguetona y divertida, pero con ojos llenos de tristeza, como si estuvieran apunto de llorar en todo momento. Con la despedida como grandes amigos. En Anselmo resaltaba más esa sensación de tristeza por lo profundo de sus ojos color ópalo. Matías recordaba las últimas palabras de su amigo:
¡Por favor cuida de las flores, del limonero, de los padres de Isadora, de mi gata negra Dulzura y de mi perro Chico!
¡A Isadora no la cuides más de lo necesario, porque es bien lista y sabe tus negras intenciones!
Matías se rió, como parte del lúdico discurso de las últimas palabras de despedida de su amigo y le respondió:
¡Descuida Anselmo no te preocupes! Que seguro nunca me va hacer caso. ¡Comparado contigo, nadie iguala esos ojos de perro a medio morir!
Con esa pícara respuesta, ambos amigos se despidieron con el juego de forcejeos como los jóvenes normales de su edad. En eso se escuchó el fuerte sonido del Gran barco anunciado la hora de la partida. Así fue el hasta luego, de aquellos amigos. Y del amado de Isadora, que ella no quiso ir a despedirlo por temor a que no regresara nunca.
La carta de Anselmo para Isadora era el alimento que necesitaba para ese amor pueril, que ella protegía de forma tan resuelta. Así que leerla debajo de aquel limonero era compartir ese valiosísimo sentimiento.
Cuando Matías la abrazo, esté le preguntó en actitud un poco burlona y sarcástica:
Dime Isadora ¿Estás suspirando por tu amante perdido al otro lado del mundo?
Ella con gran enfado trató de soltar a Matías mordiéndole el brazo izquierdo. Tal acción hizo que la soltara al instante. Y muy enojada le respondió:
¡Mira Matías déjate de confiancitas! ¡Que nunca te he permitido está clase de acercamientos!
Porque aunque te considero como un hermano ¡Ni a mis hermanos les permito tal asunto de confianza!
Matías no sabía si reír, decir más bobadas o disculparse al ver el enojo de Isadora. Ella que era una chica de cabellos muy negros como los días sin luna, de cejas bien delineadas, y sonrisa cautivadora por tener labios rojos escarlata a carmín natural. Su belleza imponía como si fuera una autoridad.
Con un cuerpo ni excesivamente delgado ni excesivamente grueso, de término equilibrado para la feminidad sensual. Hacía que Matías y Anselmo no dejaran de verla por horas.


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