La Panadería de Don Tilo (parte 2)
Con el tiempo de trabajar de lo que fuera, Don Tilo comenzó a perder la belleza de sus manos de panadero, por la tosquedad de la rudeza del trabajo mal pagado. Pedía a la Virgencita de Guadalupe, a Jesucristo, a los santos y a Dios padre que le ayudarán. Para que llegara alguien que valorara su trabajo como panadero, pero los años pasaban y nada.
Hasta que un buen día un hombre indio o hindú alto como un árbol de frondoso follaje, miró sus manos mientras trapeaba las escaleras de rodillas de un edificio en Nueva York.
Aquel hombre de piel morena como él, pero de rostro misterioso con ojos y pestañas grandes y profundas, lo miro. Observo con detalle sus manos, pero no dijo gran cosa, solo se dieron los buenos días como la formalidad les expresaba y se retiró.
A la semana siguiente volvió a presentarse el panorama con aquel hombre hindú, pero esta vez preguntando con un educado inglés, el alto hombre le preguntó a Don Tilo de donde era y si sabía cocinar.
Don Tilo con el tiempo que llevaba en aquel país había aprendido con rapidez un inglés que le permitiera comunicarse y mostrar sus habilidades. Así que cuando aquel hombre de expresión misteriosa le hizo aquellas preguntas. Don Tilo respondió afirmativamente con la cabeza y unas cuantas palabras.
El señor hindú lo invito a que lo siguiera y Don Tilo dejó trapeadores, escoba y cubeta de agua, en uno de los pasillos del edificio antiguo de apartamentos, que a esa hora del día no repercutió en la armonía del lugar.
Cuando entraron al apartamento de aquel hombre alto de piel morena, el olor a incienso y especies dominaba el lugar. Era como entrar a otro mundo, a otra vida, a un sueño diferente. Así inmediatamente después de cruzar la puerta y caminar cuatro pasos, vio Don Tilo una habitación ricamente decorada, donde el incienso bailaba con sus múltiples hilos de humo.
Era un altar que recordaba a un ambiente celestial, por estar adornado de múltiples flores silvestres de una hermosura resplandeciente. Aquel espacio estaba dividido en tres alturas. La mayor tenia un ser de cuatro brazos de color azul oscuro casi negro, más abajo deidades femeninas y masculinas todas de ojos vivos y sonrisas que hacían sentir la bienvenida. Y un poco más abajo estaba la deidad de cabeza de elefante que por su tono rosado era de aspecto dulce y cordial, colmada de dulces y otros manjares de color amarillo.
Don Tilo no entendía aquella adoración, pero en ese momento en su mente se borraron todos los prejuicios que alguna vez le cultivó el sacerdote de la iglesia de Sayula. Porque Don Tilo sintió que esa habitación era una invitación al agradecimiento, a la verdad más sublime.
En su mente surgió el querer preguntar sobre todas esas deidades a aquel hombre como roble, pero prefirió solo el saber porque estaba él ahí. Sobre todo el estar en la casa de un caballero, que no era ni mexicano, ni estadounidense, ni siquiera americano; ya que venía de un lugar lejano, muy lejano.
Llegaron a la cocina y el señor hindú le dio a elegir ingredientes de aquel lugar para que preparara algo. La única condición es que no llevara nada de origen animal. Así que, un poco ansioso, busco en las diferentes gavetas y compartimentos de la alacena.
Encontró harina para pan, la sal, la vainilla y más elementos para cocinar y hornear algo. Con las carencias de la vida, Don Tilo aprendió a hacer pan sin huevo y sin mantequilla. Tan solo con su buena mano en amasar y con el sabor de pocos condimentos, como un buen aceite de agradable sabor en crudo, aprendió a hacer un pan delicioso, recordando siempre el amor de su padre.
Con todos los ingredientes, se puso a cocinar un pan de apariencia agradable y de consistencia suave. El olor del horneado se combinó en ese apartamento entre el incienso y las especias. Cuando se estaba acabando de hornear aquel pan, en eso iba llegando un hombre de piel muy blanca y mirada cansada. De ojos intensamente azules y de edad tan madura como el hindú, esos dos hombres eran fraternos amigos.
Estando listo el pan, los tres se sentaron en una sala muy sencilla llena de alfombras, con muchos cojines y ausente de sofás o sillones. Estando todos en el piso alfombrado, degustaron ese pan recién hecho. Ambos extranjeros elogiaron a Don Tilo por su maestría llena de habilidades de panadero.
El hombre hindú era un retirado de la segunda guerra mundial que se distinguió por su audacia y valentía. Fue gracias a estas cualidades y virtudes que pudo salvar a aquel hombre venido de los Estados Unidos. Esté a su vez por salvarle la vida le juro ayudarlo en el momento en que más lo necesitara, así se hizo su amistad.
El señor hindú al regresar a la India contaba con un negocio familiar donde entre los buenos manjares estaba la especialización en diversas formas de preparar panes y bocadillos, y de combinar la comida hindú con la occidental.
Con el tiempo la deuda de amistad del norteamericano, se presentó para que la saludara. Cuando el caballero venido de la India perdió su negocio y su familia en un altercado de ataque tipo terrorista, a su negocio por los conflictos entre el sector hindú y el musulmán.
Porque cuando fue a visitar a aquel amigo gringo, lo invitó a irse a los Estados Unidos. Ya que era la mejor solución para su desolada situación. Por tal motivo se volvió un inmigrante, aunque amaba a su querida patria en forma de corazón, la India. Decidió irse a las tierras del sueño americano para olvidar su dolor.
Al llegar al país de las oportunidades, como lo seguía expresando el hombre rubio de ojos azules. El hombre hindú no sabía que viviría de nuevo los comentarios despectivos y de racismo hacia su identidad y su color de piel. Aquel amigo fraternal y leal de rubia cabellera, lo defendía siempre y juntos abrieron un restaurante de comida India.
Este hombre venido de oriente, de mirada ahora más misteriosa por la pérdida. Seguía diariamente actuando con la sensatez que había aprendido de toda la vida. Extrañaba la India, pero también sabía que los desapegos eran parte de entender que la vida y la muerte estaban en pasos constantes.
Así se hizo de solvencia económica, que le permitía tener una vida solitaria, donde su mejor compañía eran las tardes con su amigo veterano de guerra como él. El convivir con sus trabajadores y el vivir con sus amorosas deidades.


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