La feria de los viejitos (Parte 1)

 En el pasado hubo una vez una feria como ninguna otra; con muchas ruedas de la fortuna y carruseles. Aquella serie de maravillosos artefactos de juegos, eran operados por muchos ancianos. Así que la gente solía llamarla “La feria de los viejitos”

Esas personas mayores de edad, movían los juegos, llevando la alegría en personas infantes y adultos por igual. El intercambio de diversión era sencillo por unas pocas monedas y en ciertas ocasiones a veces ni cobraban ¡porque practicaban a su antojo el trueque! Con esto hacían que las risas infantiles fluyeran como el canto de las gaviotas en el mar. Esa alegría satisfacía las necesidades de aquellas personas mayores.

Yo me llegué a subir a la rueda de la fortuna a cambio de una bufanda o de una moneda del domingo. La feria de los viejitos nunca estaba cerrada por que su mayor razón, era alegrar a las personas, no importando la edad, razón social, género o entendimiento.

¿Pero cómo surgió está feria tan singular?

Fue el mayor de los ancianos, él que dejó por escrito, el relató de su maravillosa historia. Que un día encontré por casualidad, en un viejo periódico, que mi hermana mayor había guardado, como un recuerdo entrañable de su niñez. Y que ahora anciana lo había dejado dentro de una vieja caja de latón. Porque se vio obligada a desatender asuntos de todo tipo.

Por estar en un asilo al perder la memoria, como cuando una galleta se va desmoronando en el calor de un café con leche. Así ella iba perdiendo poco a poco su memoria llevada por el olvido. Y yo como su hermano menor, me tuve que encargar de ordenar sus objetos valiosos.

Al ver ese viejo y amarillento pedazo de letras de molde, recordé mi niñez. Y aquí comparto el porqué de la existencia de la vieja y olvidada feria de los viejitos. Contada por el mayor de los ancianos y más ahora que comienzo a ser yo un viejo:

Mi nombre es Gilberto y soy el más viejo que trabaja, cuida y mueve los juegos de la feria, soy de los que estuvieron desde un principio.

Hace mucho tiempo ya, cuando yo era joven. Un día cansado y fastidiado de mi repetitivo trabajo, de poca paga. Me sentí muy triste y frustrado. Porque mi vida no era lo que yo quería ¡No era feliz!

Después de tantas guerras, crisis económicas y precariedades de todo tipo. Tenía como hombre joven, el anhelo de querer y de tener el derecho a la alegría en mi vida. Y en la vida de muchas personas ¡Y más después de tanto sufrimiento!

Pero mi realidad era otra, con un trabajo donde el pago eran pocas monedas y mucho cansancio. Aumentando mi fragilidad emocional ¡Así que me di cuenta que seguía en un amargo abismo!

Debía dejar esa forma de vida ¿Pero que haría en adelante? ¿Cuál sería mi futuro? ¡La pobreza material me espantaba y me llenaba de terror! ¡Pero tampoco soportaba seguir siendo pobre de espíritu y de moral!

¡Eso me comía por dentro!

Salí a caminar por las calles de mi pueblo para tratar de ordenar mis pensamientos.

Mientras andaba sin un rumbo fijo, vi una feria a la salida del pueblo. Su colorido era tal que sin darme cuenta, estaba ya en la entrada. Un silencio reinaba en aquel lugar, por ser las primeras horas de la mañana.

 Los rayos solares formaban una imagen tan maravillosa sobre los juegos mecánicos y me dije con entusiasmo:

¡Una feria !  

¡Eso es! ¡viviré en una feria!

¡Sólo tenía 25 años y la fuerza de la juventud me impulsó a tal empresa!

Ahora lo recuerdo con cierto aire de añoranza. Ese mismo día regresé a mi casa, tomé los pocos ahorros. Producto de mi esforzado y mal pagado trabajo. Me dirigí a la feria con la fija idea de adquirir algún juego mecánico.

Ofrecí mis ahorros a varias personas de la feria, quería comprar un juego aunque fuera pequeño. Pero todos consideran irrisoria la cantidad ofrecida.

Así que decepcionado ya, pregunté por última vez a un hombre que me observaba recargado sobre una maquinaria. 

Me acerqué, porque noté que con una de sus manos me estaba haciendo una sutil señal. Lo saludé y le dije mi deseo de comprar un juego mecánico.

El hombre me respondió con mucha seriedad, sin verme el rostro y fijando su mirada hacia otro rumbo mientras señalaba con el brazo extendido:

Conseguirás un juego, si caminas hasta el final de esté pasadizo entre esas telas de colores.

Allí hay una pequeña casa rodante algo enmohecida, entra y encontrarás lo que buscas.

Seguí las indicaciones de aquel hombre y en efecto, encontré una enmohecida casa rodante.

Justo cuando estaba apunto de tocar con la mano la puerta, ésta se abrió. Entre a aquel lugar oscuro, por tener las cortinas cerradas con una densa penumbra.

Hice un saludo y una voz misteriosa me invitó a pasar. La oscuridad no me permitía ver detalles, pero sí pude ver la silueta de un hombre que al juzgar por su voz se trataba de un anciano.

Le expliqué a aquel hombre mayor mis intenciones de comprar un juego y le mostré los ahorros de toda mi vida. La silueta de aquel abuelo poco a poco se volvía menos difusa. Cuando al fin lo puede ver, era un señor entrado en muchos años que me preguntó:

 -¿Son los ahorros de tu vida entera?

Yo le respondí que era cierto y agregue que muchos años me habían llevado ahorrar todo eso para casarme yo. Pero ahora lo que deseaba era hacerme de un juego mecánico, para cosechar la alegría de forma ambulante como ellos.

Entonces el anciano me dio la espalda y sacó del fondo de donde se encontraba, un cofrecito y lo abrió ante mi. 

Del pasado que ya no esta 


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