La Panadería Don Tilo (Parte 3)
La primera vez que vio a Don Tilo hombre más joven que él, al ver sus manos era como si le hablaran pidiendo su ayuda. Porque deseaban hacer lo que mejor hacen, que es transformar el alimento.
Ese diálogo de las manos de Don Tilo, con la mirada del místico hindú. Permitió que Don Tilo al fin después de muchos años en los Estados Unidos, pudiera trabajar en lo que mejor sabía hacer, que era el ser panadero.
De está manera pasó de trapear pisos a ser parte de la panadería del peculiar restaurante de fusión Asia con Occidente. En aquel lugar ya de fama conocida dentro de la Ciudad de Nueva York, tenía trabajadores de distintas naciones, había: africanos, filipinos, coreanos, chinos y sudamericanos como eran de Brasil, Colombia y Perú.
Don Tilo pasó en aquel lugar conviviendo con personas de esas y otras naciones que tenían la misma dimensión de la vida, que era el ser inmigrantes ilegales.
Todos expresaban que antes de llegar a ese restaurante habían tenido jefes también de la India. Pero que aquellos se distinguieron por ser muy negreros o de convertir a todo mundo como sirvientes o esclavos y tratar siempre con desdén a cualquier trabajador.
Pero esté hombre místico era diferente, por que su mayor deseo no fue salir de su país, si no tal vez solo fue el olvidar lo que más quería. Así Don Tilo conoció la historia de ese hombre místico y silencioso. Todos elogiaban los muchos regalos que daba el día de su fiesta más maravillosa en la India: el Diwali.
Cuando se presentaba esa celebración, todos recibían sumas de dinero y regalos maravillosos. Pero sobre todo recibían una carta llena de sabiduría que les cambiaba la visión de la vida.
Llegó la esperada celebración, el restaurante y la casa del señor hindú se llenaron de múltiples luces ¡aquel ambiente era muy hermoso! El restaurante y el apartamento se saturó de imágenes y formas de una Diosa que se distinguía por su sonrisa angelical, mientras sostenía y arrojaba en una de su manos muchísimas monedas doradas.
Ese día esperado por todos, recibieron el dinero dentro de un sobre con una satisfactoria cantidad de dólares. Y un regalo de acuerdo a la personalidad, el desempeño, la identidad y el afán de servicio de cada trabajador. Además, la carta personal es altamente elogiada.
La fiesta fue algo nuevo para Don Tilo, los colores y las luces les recordaron a las noches de su Sayula y en eso suspiro. Aquel hombre hindú lo miro y le dijo:
Si te ha llamado más de una vez ¡No dudes regresa!
Don Tilo no comprendió lo que le había dicho, pero por mera formalidad agradeció las palabras. Cuando acabó la celebración y cada quien en el restaurante regresaron a sus respectivas residencias, muy contentos por haber recibido un regalo personal, el sobre con el dinero en dólares y la carta, sus rostros mostraban una alegría sin igual.
Don Tilo estando en su pequeño y oscuro cuarto de renta, sacó el regalo de la fiesta y aquel sobre que contenía el dinero y la carta; era lo que más le interesaba. Abrió el sobre de dinero y su emoción fue mucha al ver aquella cantidad de dólares, era la misma de lo que había ganado el año entero lo paso limpiando pisos e inodoros en distintos edificios.
Agradeció por tal bendición a la Virgen de Guadalupe, a Jesús Cristo, a todos los santos y más. Después abrió y leyó la carta de su jefe hindú, en ella decía en un muy austero español lo siguiente:
¡Tilo recuerda las palabras de tu Padre! ¡Estás serán tu guía y regala bendiciones en la tierra que te vio nacer!
¡Nunca te avergüences de lo que eres!
¡No finjas! ¡Demuestra lo mejor que sabes y brillas!
De nuevo no comprendió Don Tilo, lo que decía aquellas palabras de su jefe, ese hombre lleno de misterio. Solo le parecían frases bonitas. Aunque le sorprendió la mención sobre su padre, pero hasta ahí se quedó.
Pasaron más años y Don Tilo se quedó en aquel restaurante hasta que el jefe hindú murió en la India, cuando fue de visita a su amado país. El lugar se le heredó al norteamericano, que lo cedió a otros indios, amigos que llegaron a frecuentar aquel restaurante. Pero que eran de criterios muy distintos al señor Hindú.
Todos los que trabajaron ahí, tomaron sus propios rumbos, y Don Tilo se fue a hacer vida a la comunidad mexicana en Los Ángeles California. Donde ya llevaba años ahí su amigo de Sayula.
Allí abrió un restaurante con panadería junto con su amigo, gracias a los ahorros que pudo hacer durante su trabajo con el hindú. Para su buena fortuna el lugar se puso de moda y se hizo famoso, hasta en las películas de Hollywood salió.
En los Ángeles hizo vida familiar y aumentaron los bienes de lujo. Pero algo en su interior le faltaba. Don Tilo no entendía qué era, pero no le dio mucha importancia. Mientras el tiempo continuó su andar, hasta que pasaron muchos años, fuera de las preocupaciones de mantener a su familia. Por tener cada hija e hijo sus vidas hechas, sintió un malestar interno que se hacía cada vez mayor.
Fue con su esposa a ver al doctor, que los procuró desde que eran matrimonio. Aquel doctor lleno de canas como ellos vio los malestares de Don Tilo. Decidió hacerle más estudios y en esa semana le manifestó que el producto de sus malestares era el Cáncer. Don Tilo en ese momento sintió que lo desgarraban por dentro. Ahora tenía los días contados de su existencia en la tierra.
Estando la pareja cónyuge en casa, no había palabras de consuelo para ambos. Don Tilo se encerró porque quería estar solo, busco entre sus viejas cosas algo que le diera alivio.
Encontró las distintas cartas de su antiguo jefe indio, como distracción leyó la primera que recibió. Al leerla recordó su Sayula y recordó a su padre. Quiso regresar a despedirse de aquel lugar. Así le comunicó tal decisión a su esposa y ambos se prepararon para el viaje.
En una semana ya estaban en Sayula, con el dinero de los muchos dólares que ahora tenía. Que en su pasado rústico los juntaba con tanto aprecio, los derrocho en comidas, música de mariachi, tambora y hasta bolero. Invito a todo mundo a la pachanga.
Decidió pasar a ver cómo estaba la panadería Don Tilo y al verla la encontró cerrada. Las puertas de madera estaban llenas de polvo, que evidenciaba que llevaba años así, Sayula se había olvidado de aquella panadería.
Don Tilo lloró porque no había dejado el legado de su padre como debía. En su borrachera de la fiesta exigió que alguien de Sayula se ocupará de la panadería de Don Tilo.
Que no entendía porque estaba cerrada, si él continuó enviando dólares para su sustento. De los conocidos de la familia de Don Tilo, le explicaron que el último de los ayudantes de su padre, la tuvo abierta hasta que murió. Pero al no haber ningún familiar o persona con el interés de mantener ese lugar quedó cerrada.
De su familia sólo él era el único vivo y al vivir en los Estados Unidos, pues la panadería por lógica estaría cerrada. Don Tilo en ese momento entendió porque tuvo ese dolor interno por años, que ahora se había convertido en cáncer.
Al comprender sus errores por haber abandonado una virtud heredada de su padre, a su madre que ni a su velorio fue, ahora perdido todo esto, porque sustituyó todo por un ideal material lleno de palabras colmadas de vanas ilusiones. Entendió las cartas de su antiguo jefe de la India. Lloró por su infortunio y decidió ahogarlo en el alcohol del tequila, la cerveza y el mezcal.
Permaneció en Sayula más días, regalando dólares en asuntos como grandes comidas y eventos religiosos. Con eso quería remediar el haberse ido de Sayula. Por fin logró convencer a un joven hombre de familia, legado de uno de los asistentes de su padre, en ser el encargado de continuar la panadería de Don Tilo.
En esos pocos días en Sayula le enseñó a aquel hombre joven, la forma tradicional en que él sabía hacer el pan. A aquella persona solo le interesaba cómo ganarse la vida para mantener a su familia. Por lo tanto, aprendió lo que le enseñó Don Tilo por necesidad y no por ser una dedicación desinteresada como la tuvo él y su padre.
Al final Don Tilo se fue de Sayula viendo la panadería de nuevo abierta y prometiendo enviar un poco de dinero para su primer año de sustento. Regresó a los Ángeles California, con la agonía del dolor de la enfermedad junto con el dolor de la separación de su querido México.
Dejó todo listo para heredar a toda su descendencia, también dejó la reserva de dinero para la panadería Don Tilo en Sayula. Pero al morir esto último solo se llevó a cabo en los primeros meses de su muerte.
Aún así la panadería permaneció abierta, no todos los días, pero sí los más importantes. Que, al verla, recuerda a esas historias del viejo cine mexicano. Tiene ese aire de nostalgia de la identidad del México viejo.
Hasta el día de hoy sigue existiendo la panadería Don Tilo, junto con la pintoresca explanada y las edificaciones de colores de Sayula, que me contaron esta historia para compartirla a toda persona que recuerda, conoce o ha vivido pasos similares a los de Don Tilo y su padre.

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