La feria de los viejitos (Parte 2)
De aquel cofre salió un halo de luz y se escuchó un alegre tintineo en el momento en que el anciano tomó el objeto guardado. El brillo aumentó y el tintineo se volvió melodioso cuando me enseñó aquella cosa.
Extendió la mano hacia mí, y me entregó esa hermosa y brillante llave. Me dijo con voz calmada y suave:
Con esta llave abrirás la feria en donde está el mágico juego que quieres
Yo miré la llave con desconcierto y pregunté un tanto intrigado por la luz y el sonido desconocido que llamaba mi atención. Al momento en que se me estaba entregado esa llave le volví a preguntar:
¿Cuál es ese juego?
El caballero de rostro arrugado, sonrió y en su mirada parecía que guardaba una emoción que me compartía sin emitir palabras y solo respondió:
¡La rueda de la fortuna, hijo! Sin embargo, no la encontrarás aquí, porque la cerradura de esta llave, está en un misterioso lugar.
Si sigues mi señal, todo saldrá como tú lo deseas. Primero ve a casa y toma lo necesario para tu búsqueda. En el camino conseguirás compañeros para apoyarte en tu nueva labor.
Yo no pude evitar sorprenderme aún más y pregunté de nuevo con mayor duda:
¿Nueva labor? ¿Cuál es esa nueva labor? ¿Aparte de obtener el juego mecánico?
Después de preguntar esto, el anciano se acercó a mí y me abrazo para decirme al oído lo siguiente:
¡LA MAGIA DE PRODUCIR ALEGRÍA!
Con la llave en la mano, salí un tanto desconcertado de aquella casa enmohecida y apenas caminé unos cuantos pasos. Cuando noté que aún llevaba mis ahorros ¡No le había entregado nada al anciano! Y seguramente los iba a necesitar para sobrevivir, por su avanzada edad.
Voltee de inmediato, como en gesto de querer entregar el dinero ¡pero la casa rodante había desaparecido! Y en su lugar sólo había una pequeña semilla blanca con un papel atado, que decía:
Plantar en una noche de luna llena bajo un árbol frondoso para las estrellas
Esto fue aún más misterioso, así que solo tomé la semilla, la guardé junto con la llave y traté de encontrar al hombre que me había indicado el camino a la casa rodante.
Pero no lo encontré y en su lugar en aquel juego mecánico había un niño que se divertía con sus juguetes.
Al notar mi presencia el niño tuvo una actitud de invitarme a jugar. Me acerqué con confianza a él y le pregunté por el hombre que buscaba. Más el niño no respondió a mi pregunta y en cambio me dijo:
-“Ve hacía el oeste, las mariposas blancas te guiarán”
Yo volví a preguntar por el hombre, pero el niño no respondió, sólo se rió y continuó con su juego.
Yo apenas daba crédito a todo lo sucedido, me sentía confundido, sorprendido, emocionado, incluso dudoso y pensé:
¿Esto acaso fue un sueño, una ilusión o si fue verdad?
Busque en mis bolsillos la evidencia de que todo fuera verdad ¡Si lo hubiera sido! Porque traía la valiosa llave.
Me dirigí a casa, hice mi maleta con lo más básico para viajar a un ignoto destino. Llevaba conmigo una brújula para no perderme, en mi insospechado viaje.
Pero me preguntaba de qué podría servirme, pues unas mariposas me indicarían el camino ¡mi destino era incierto! Pero la serie de eventos sorprendentes me infundía el presentimiento de algo maravilloso ¡Que tenía que vivir!
Así con la brújula en la mano caminé hacía el oeste y no al norte, como siempre señala la aguja. Al pasar un puente al final del día me encontré con las mariposas blancas. Está era la última sorpresa, pues durante el día había vivido tantos sucesos maravillosos que comenzaba a familiarizarse para mí.
Caminé detrás de las mariposas, cuyo aleteo resultaba encantador. Pues el tiempo no se sentía pasar tras estar observando sus delicados movimientos y fue así como la noche llegó.
Cuando las mariposas se posaban en ese momento entre plantas y arbustos, yo decidí hacer lo mismo y descansar. Así que improvisé una mullida cama de hojas. Después de ese día, todo fue muy similar. Ya que se sucedieron varias noches y días tras días, muy parecidos a éste, por eso no necesito entrar en detalles.
El revoloteo de las mariposas no dejaba de producir un cierto bienestar. Hasta que uno de esos días me encontré en el camino con otro hombre joven.
Esté se veía triste y desanimado. Al conocer mi historia, quiso de muy buena gana unirse conmigo. Porque le ilusionó la idea de recorrer el mundo en busca de la enigmática feria.
Ambos continuamos detrás de las mariposas durante varios días sin perder el ánimo, pues el encantador aleteo hacía olvidar toda limitación humana.
Más días pasaron de nuestro andar y esta vez nos encontramos con una triste joven que lloraba, pues había perdido toda esperanza de ser amada.
Los dos al conocer su triste existencia, no dudamos en invitarla a nuestra aventura de llevarla a la misteriosa feria. A lo que ella accedió con la condición de ser poseedora de un carrusel, en cuanto encontráramos el inhóspito lugar.
Estos encuentros con más personas comenzaron a hacerse más frecuentes en el camino. Y cada vez más jóvenes se unían. Las mariposas, cual si supieran la situación, detenían su vuelo, para esperar a los nuevos integrantes.
Entre los recientes amigos iban: una profesora de historia, un escritor y una campesina.
La primera perdió su empleo por impartir una cátedra libre y crítica; el segundo, no encontraba inspiración; y la última había perdido su siembra, su tierra y su familia ¡en fin! Cada persona tenía alguna pena, que las había llevado hasta donde nos encontrábamos.


Comentarios
Publicar un comentario