El campo de magueyes de agave

 ¿Qué pintar? ¿Qué paisaje se me presenta para manifestar en el blanco lienzo? ¿Cómo formular la paleta de color? Así surgieron las preguntas. Y ahora se dan las respuestas con el andar de este viaje entre Jalisco y Colima. Aunque el movimiento del vehículo automotor fue constante, mirar los campos amplios de aquellos azules era un paisaje que solo México tiene. El campo de magueyes de agave, tiernos seres de azules oscuros como el valioso lapislázuli de la antigua Asía. Color recubierto por el aura blanca propia de las cactáceas. Entre los espacios de cada maguey, era la composición perfecta de encanto, ternura y originalidad. 

Imaginaba como se vería aquel paisaje de interminables campos de jóvenes y pequeños magueyes azules alineados con gran perfección en una lejanía mayor. Porque seguramente verlo desde una nube o en el limite de la atmósfera era para el Señor del rayo, el auspiciosos Dios de la lluvia Tláloc como un regalo de guirnalda de jóvenes flores de puntas redondeadas de un azul contrastado. 

Así mire con admiración aquellos distintos campos de magueyes pueriles que conforme avanzaba en mi viaje hacia las costas de Colima se fueron mudando en tamaño de acuerdo a como aumentaba la temperatura. Seguí observando hasta que un salto de calor húmedo atrapo el espacio y esos campos de cerros de magueyes azules se transformaron en planicies de altos, delgados y greñudos cocoteros amarillos alegres con verdes. 

Esos campos de cocos se combinaron con los platanares que tenían aquella delicia de fruta amarilla envuelta en azul que recordaba a los infantiles agaves de los pasos anteriores del viaje. Así la marcha entre Jalisco y Colima era de ese contraste de paisajes que se complementaban en el cuadro de una experiencia que merece ser compartida. Magueyes acomodados como flores para un adorno, cocoteros dibujados como piezas de ajedrez y platanares colocados como juguetes dulces. Todos alimentos sagrados para reverenciar a los Dioses y agradecer con cantos sus bendiciones sobre todo a aquel Ser, que cuando bebe el néctar fermentado de la vida sostiene con regocijo la tierra misma con sus miles de cabezas serpenteantes blancas sin sentir peso alguno, así se complace a la vida, así se complace a la inteligencia divina. 

Para aquellos primos del pasado de Guadalajara 



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