En un hotel en la playa

 Aquel hotel en la playa se encontraba en una diminuta orilla del mar pacífico en un pequeño lugar con aspiraciones de parecer un pueblo gringo, pero que solo mostraba el ser el boleto donde l vacacionar y llegar a vivir de la gente vieja de ese país era y es cosa habitual. En su entrada se podía ver muchos puestos de ropa usada que con el intenso calor hacia que el lugar se sintiera seco y un tanto árido; así que la ropa vieja y el ambiente de fuego,  contrastaban como entre lo armoniosos y lo descompuesto de una sonata en exposición de ensayo. 

En ese pueblo un tanto solitario se encontraba ese agradable hotel en el que vivía un fantasma en un segundo nivel, por su apego a aquel lugar. Fue que en una noche de descanso toco a mi puerta, como visitante inesperado. El fantasma era persona que molestaba en dos habitaciones continuas con vista al mar hacia el oeste. El hotel que daba una apariencia paradisíaca, por las noches era el instrumento donde expresaba su furia el mar. 

Ese mar que, a pesar de ser la versión más apacible de todos los mares del mundo, no dejaba de lado su alta furia. Porque era la expresión de ese Dios del agua; el mismo Dios que se entre a las armas para la guerra, el aleado del Dios bélico de ese planeta Marte, y de otros como el Dios del Rayo, él del Viento y él Dios de Dioses destructor. 

No era raro que golpeara con gran sobresalto aquella edificación para turistas que buscan cambio a sus monótonas vidas. Vidas saturadas de jornadas de trabajo o de constantes sistemas burocráticos y otras amarguras de la vida contemporánea de las amplias urbes. 

Porque el mar a pesar de expresar esa móvil furia, también produce la paz interior que necesita la mente humana. Así que un susto hecho por un fantasma solitario dentro de aquel hotel, era un toque más de singularidad de aquel peculiar lugar costero. Un ruido hecho por algún ser del pasado, ahora noctámbulo, poco visible para los sentidos humanos; solo era una nimiedad a lado de los sonidos vibrantes y sobresalientes de los estruendos de las olas marinas chocando con las paredes del hotel. 

Olas que eran en aquella noche vecinas delirantes, ruidos que recordaban a un caos y a una catástrofe, que al final se confundieron con los suaves golpes del sonar de la puerta que producía el fantasma. Eran exaltados los sonidos hechos por las olas marinas; ya fueran en las puertas y ventanas abatibles, anunciando con gran fuerza la presencia de su mundo a mi propio mundo. 

La pregunta en ese momento era ¿Quién es intruso de quién? La posición del fantasma, me era lógica. La gente turista éramos las intrusas, el hotel era el intruso. Tanto el fantasma que toco la puerta del pasillo de esa parte oscura del hotel. Como el vibrar y golpear las puertas abatibles de la la vista al mar por parte de esté, respondían claramente la duda. 

Porque negar la naturaleza de lo que sucedía en aquella playa y en aquellos seres del pasado que no conocimos y no conoceremos. Que los pensamos diferentes a nosotros, por no tener un cuerpo de carne, sangre, grasa, hueso y costra. Era negar nuestra propia realidad, nuestra propia humanidad. Así que lo mejor, era aceptar que un fantasma, una persona sin cuerpo burdo, toco a mi puerta de la habitación de se peculiar hotel. Y un mar en la noche evidencio su furia divina al tantear con fuertes vibraciones ventanas y muros de aquella misma habitación. 

Al día siguiente mire el amanecer, la mañana transcurrió tranquila. El hotel con todo y ese cúmulo de algarabía de la noche ya pasada, me produjo la tranquilidad que necesitaba en esta mente mía, resultado de la vida en la ciudad, que produce otra clase de ruidos y otra clase de sin sabores. 

Para mis ancestros 



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