Los miles de cañaverales

Líneas y líneas perdidas entre ellas mismas, acomodadas en formación de gamas de colores verdes, dejándose mover como olas del mar por el viento. Es el baile de los cañaverales. Estos se confunden con los otros paisajes de los campos de maíz por ser de tallos tan altos a este cereal sagrado, que es nuestra carne, que nos regalaron los Dioses de los limites del universo. 

La caña de dulzura bien expresada por la humanidad mística de las lejanas tierras, llego para engalanar estos territorios de fuego y así apagar el sofocante calor que significa ser la cultura del rojo. Así los cañaverales se nutren de nuestra tierra escarlata colmada de ardor. Para entregar la bondad de ese color blanco dulcísimo junto con el silencio de su verdor, todo esto y más expresan  esos miles de cañaverales que se parecen a los maizales.

La bondad que es dulce no se obtiene como un simple y exigente intercambio comercial, tampoco como un deseo carente de ternura y de virtudes. La bondad implica el constante esfuerzo y la paciencia. Por tal motivo el cuidado de los cañaverales que son bondadosos por su dulce sabor tienen que ser tratados con esa constancia y esfuerzos pacientes, por eso son tan hermosos.

La belleza de esos cañaverales se dejo ver en una tarde carmesí con el movimiento del Dios viento. Para regalarnos también una expresión de sosiego en la mente más cargada de fieras pasiones. Y para apagar la amargura más grave del instante. Es ese pequeño toque de sabor de azúcar de ese cañaveral, que endulza la vida de quien se dispuso a preciar en unos cuantos recorridos de lo crepuscular, su majestuoso obsequio divino. 

A mis padres 


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